Pido la palabra para contar algunas cosas que me pasan por la cabeza
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Miércoles, 16 de agosto de 2006
Llegó el otoño. Fue cuando me puse a recordar el susurro del viento al filtrarse por las grietas de las montañas. Habían transcurrido muchos años pero su presencia seguía compartiendo mi soledad. Días enteros meditaba bajo la sombra grata de un árbol frente al lago. Los pensamientos flotaban con la brisa del amanecer y se fundían con la oscuridad de la noche.
No era yo el único buscador de silencio. Al esconderse el sol, un hombre aparecía por el sendero que conducía hasta la aldea desierta. Las horas se volvían minutos al estar a su lado. La sensación de tranquilidad se apoderaba de mí.
Pasaron varias semanas sin saber nada de él y pensé que lo mejor sería ir a visitarle a su casa. Antes de llegar a la aldea noté algo raro. Los pocos pájaros que solían merodear por allí habían desaparecido. Las flores estaban secas y el viento batía con fuerza los restos de algunas casas medio derruidas.
Mi amigo estaba recostado en su mecedora favorita, en su rostro la mirada perdida delataba un gran tormento. Me acurruqué a su lado y esperé. Un día – comenzó – me aparté del mundo pensando en que así podría olvidar muchas cosas, pensando en que así llegaría a reconstruir mi propia existencia. Hoy, la realidad me trae una y otra vez su recuerdo. El lago que amé se llevó mi corazón y mi mente. Sólo tú conseguiste devolverme la paz. No quise herirte, por eso nunca te conté la historia del lago, sé que lo es todo para ti. Ahora, amigo, tengo que partir...
El sueño se apoderó de los dos y al amanecer, él se había marchado... Lloré amargamente frente al lago sin poder entender porqué sus aguas le mecieron para siempre. Yo también me marché. Me fui lejos para olvidar a mi deseado y amado lago. Al anochecer me arropaba con su serenidad. El rencor se quedaba quieto pero, a veces, el dolor pedía que todo terminara.
Hoy, cuando la vejez se ha instalado en mi vida y mi pensamiento es más sobrio, me acuerdo de ti, lago atrayente y misterioso. Recuerdo las horas amables que pase contigo, incluso, los malos momentos. Evoco tus caminos, tu aldea perdida y a ese hombre solitario, mi amigo. Son mis únicos recuerdos y, a veces, ya no sirven para justificar mi existencia.
Por: Taina | Apuntes y relatos | Comentarios (0) | Referencias (0)