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Pido la palabra

Domingo, 03 de septiembre de 2006

La nave mariposa

Hace muchos, muchos años Verónica llegó a un planeta en el que sus habitantes cambiaban todos los días de color. Unas veces se levantaban con la cara verde y al día siguiente tenían la cara roja como un tomate.

Antes de viajar al planeta del arco iris la pequeña Verónica vivía en la Tierra y cada tarde se sentaba en el borde de la esfera terrestre contemplando como en el horizonte brillaban miles de puntos blancos. Miraba las estrellas porque todas las cosas en la Tierra estaban manchadas de sangre. Su planeta estaba en guerra desde hacía muchos años y la mayoría de los adultos habían olvidado el significado de la palabra paz.

La pequeña quería soñar pero no había ni tiempo ni espacio para ello. Las normas rígidas de los tiempos de guerra hacían imposible sus sueños. Un día cuando contemplaba el resto del universo vio pasar una nave que tenía forma de mariposa y sin dudarlo se acercó a una de sus alas y se marchó.

Verónica estaba un poco asustada porque la nave iba a una velocidad de vértigo. Habían pasado ya muchos días cuando la nave-mariposa se posó en un planeta que tenía forma de paloma. Sus alas, su pico y su cola eran una fusión de colores que se movían y cambiaban al ritmo de un suave oleaje.

Saltó de la nave y cuando toco el suelo un viento rojo empezó a soplar tan fuerte que se tuvo que tapar los ojos. Al instante comenzó a llover. No se lo podía creer estaban cayendo caramelos y gominolas de fresa. Acompañada de miles de gotas de cereza pasó su primera noche en el nuevo planeta.

Por la mañana todo era de color naranja y amarillo. Verónica presenció un gran desfile de limones, plátanos y melocotones. Como la pequeña tenía hambre bebió un poco de zumo que le ofreció una gran naranja de enormes ojos y amplia sonrisa. Nada más dar el primer trago del zumo de naranja cayó en un profundo sueño.

Fue un sueño en verde. Paseaba por un prado lleno de árboles y pájaros verdes. Hasta las familias que paseaban con sus hijos eran verdes. Verónica estaba respirando oxígeno verde cuando a lo lejos vió que se acercaba una mujer envuelta en una capa verde. La mujer cogió a Verónica de la mano, y la niña se despertó de su profundo sueño.

En ese instante, una brisa azul la trasladó hasta una playa de arena color turquesa como el agua del mar. Las olas la entregaron unas perlas azules. Era una comida extraña y diferente pero realmente deliciosa. Verónica se sentía llena de vitalidad y comenzó a girar como una peonza. A su danza se unieron enanos, duendes y pitufos, unos seres azules que viven en unas setas en medio del bosque. Agotada por tantas aventuras Verónica se tumbó sobre un montículo de arena.

Cerró los ojos y a los pocos minutos una fuerza intensa la filtró hacía el interior de la tierra. Se había sumergido en una cueva de color violeta donde vivía un grupo de hadas diminutas con alas brillantes. Hablaban en un idioma que no era el suyo. De pronto, empezaron a caer gotas violetas sobre su cuerpo. Verónica se estaba volviendo transparente y tenía la sensación de estar flotando en el aire. Estaba a punto de hacerse invisible cuando una luz cegadora blanca inundó todo el espacio de la cueva.

Desde ese día, la niña contempla la Tierra sentada cerca de un riachuelo que baja despacio desde una cascada. El sol brilla como nunca, y desde su nuevo hogar puede ver a Saturno, un dios malvado que antes se comía a sus hijos, conversando tranquilamente con Plutón, el dios que ya no vigila el fuego del infierno. En la Tierra, el planeta donde vivió Verónica cuando era una niña ya no esta está guerra. Hace tiempo la pequeña envió una carta a los presidentes de todos los países del mundo con un texto escrito con los colores de la vida y de la felicidad. Gracias a los colores del arco iris todos los ciudadanos de la Tierra hablaron y decidieron vivir en paz.

Por: Taina | Apuntes y relatos | Comentarios (0) | Referencias (0)

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