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Pido la palabra

Domingo, 05 de noviembre de 2006

Condenada a muerte


El tren avanzaba lentamente. A cada lado de la vía, pequeños matorrales, ahora débiles, a la espera de que el sol les brindara unos momentos de calor. A lo lejos, un edificio blanco se asomaba antes de la línea del horizonte y detrás, el bloque de edificios donde Verónica había pasado los últimos años de su vida. Recostada en su asiento, su mirada estaba más allá de los días futuros.

Pablo estaba sentado, como siempre, frente a la televisión. Había restos de la batalla en el suelo y la lámpara de cristales de colores que tanto le costó encontrar echa añicos sobre la mesa. No hubo nada, sólo el silencio mascado durante los años vividos juntos.

En el hospital dieron de alta a Verónica a las siete de la tarde. En su cara las huellas de los golpes ya no se podían camuflar con el maquillaje. Los dedos de la mano salieron protegidos con unas delicadas fundas de yeso. El bestia de su marido no había tenido valor para enfrentarse a su miserable existencia y semana tras semana lanzaba su ira sobre Verónica.

Por última vez, subió a su dormitorio y buscó aquella caja de música donde escondía la fotografía de su hija Natalia.

Iban demasiado deprisa y el coche se salió de la carretera. La niña apenas si se dio cuenta. Fue un grito de tres años, su último grito. Pablo, como siempre, había bebido demasiado. Desde entonces, la vida en común fue un descenso diario a los infiernos. Habían pasado varios años desde el accidente, y Verónica aceptaba los golpes de su marido como si fuera la sentencia de un juez. Estaba condenada a morir en vida por no proteger a su hija de los excesos de Pablo.

Abrió la caja de música. Allí seguía la fotografía de Natalia. En ese momento, vio claro lo que tenía que hacer. Su conciencia la había estado buscando durante años y sólo, después de la paliza de la semana pasada, se dio cuenta de que era el momento de marcharse, de dejar a Pablo y sus frustraciones, de cumplir de una vez por todas su condena. Sólo entonces volvería a ser libre y su alma viviría en paz.

En silencio, cogió las llaves del coche y salió sin cerrar la puerta. No dejó ninguna nota, a nadie le importaba lo que tenía pensado hacer. Iba demasiado deprisa y el coche se salió de la carretera. La policía no consiguió hablar con el único testigo del accidente. Una niña de tres años que ayudó a la mujer a salir del coche.

Por: Taina | Apuntes y relatos | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Aquí estoy de visita, disfrutando de tus bellos escritos los cuales iré degustando poco a poco.

Un beso grande!

Isis | 03-01-2007 20:21:09

Gracias Isis, espero que difrutes de tus escapadas a este rincón de palabras escritas con parte de mi corazón.

Taina | 04-01-2007 00:39:11

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